Dharma por todos lados/ La Transgresión: Un Terrible Amor por el Deseo

"El odio nunca es vencido por el odio, sólo por el amor": Buda
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(Sobre el Perdón – Parte II)

Por: Akasavajri Martha E. Ríos López

“Sólo hay perdón, si es que lo hay, donde está lo imperdonable.”- Jaques Derrida 

El tema de la aclamada película de Luis Buñuel ‘Ese Oscuro Objeto del Deseo’ (agosto 1977), adaptación de la novela francesa “La Mujer y el Pelele”, es la relación disfuncional y a veces agresiva y violenta entre una mujer joven y un hombre mucho mayor que ella. En varias ocasiones la mujer aparece ofreciendo sus encantos y favores al hombre para, llegado el momento de la verdad, negárselos. Con cada negativa, el hombre se obsesiona un poco más con ella. El parece dispuesto a hacer cualquier cosa por obtener aquello que no puede alcanzar.  Esta negación de los favores tiene una razón de ser que ella sintetiza así: ‘si te diera todo lo que me pides dejarías de quererme’. La mujer niega para que la deseen. Conforme se desarrolla la historia, es fácil ver como al no obtener lo que desea, el hombre puede pasar del amor más puro y tierno al enfado y enojo más humillante y violento. Lo que ella le dice en un momento de sinceridad íntima, sintetiza el juego de deseo, seducción, humillación y, finalmente destrucción en que se enreda la pareja.

Es interesante que la relación de locos que ellos establecen se desarrolla dentro de un contexto social más amplio: un algo también dislocado que origina violencia. Hacia el final se ve a los amorosos violentos caminar por la calle tomados del brazo. En un momento dado estalla una bomba, que aparentemente reclama sus vidas. El toque del estallido es magistral, pues nos sugiere como las dependencias amorosas pueden provocar un estallido que representa la destrucción final de los no-amantes. Este estallido también pudiera representar la ruptura de algo y el posible inicio de algo diferente, lo cual no puede surgir sin la explosión -aunque esta parece sugerir algo violento.

El sexo y otras áreas relacionadas con las relaciones en general tienden a llamarnos la atención o, incluso a fascinarnos; también nos preocupan y sobre todo, nos pueden causar situaciones incómodas, dolorosas y hasta destructivas. En esta área (y por supuesto que en otras también), encontramos el combustible que necesitamos para mantener viva la doble llama de la avidez y la aversión. Cuando el deseo de poseer lo que queremos (en todos los terrenos) no puede ser satisfecho, puede llevarnos a la transgresión. La transgresión puede violentar o dañar a otros -o a una relación. Cuando esto sucede y, sobre todo, cuando hay deseo de reparar aquello que el acto transgresor ha dañado, surge el tema del perdón.

En este segundo artículo sobre el perdón me atrevo a sugerir que para entrar de lleno en éste, es necesario explorar lo que llamo: Un Terrible Amor por el Deseo. Para comprender la atracción que el deseo ejerce, se precisa llevar la imaginación al estado anhelante o deseante. Es este terrible amor por el deseo el que nos lleva a transgredir; y es la transgresión y su efecto, el leitmotif del perdón. Esta exploración implicaría llevar, de manera voluntaria, la mente y el corazón al deseo, para verlo con empatía, para comprenderlo e incluso, para reconocer su existencia en nosotros mismos. Siguiendo a James Hillman, para comprender el terrible amor por el deseo, y para “dislocarlo de su condición maldita” es necesario primero llevar “la imaginación hasta el corazón”. ‘Dislocarlo de su condición maldita’ significa explorarlo con curiosidad para poder verlo más allá de los vestidos que la moralidad (o la doble moralidad) le han impuesto; significa ver al deseo como algo inherente a la vida misma.Una acción es transgresora cuando el perpetrador va en contra de los acuerdos explícitos o implícitos que gobiernan o regulan sus relaciones con otras personas o grupos a los que pertenece. Puesto de manera sencilla, la palabra transgresión se origina en el latín transgressum que significa ‘pasar a otro sitio, atravesar o sobrepasar’. Por su significado etimológico, el transgresor (o transgresora) es aquella persona que acciona ‘pasando más allá’, de lo establecido o permitido. Ir más allá de lo que está establecido o permitido contiene la potencial atracción de lo prohibido. Pocas veces, al reflexionar sobre la transgresión, olvidamos considerar lo sensual, mágico y creativo que ésta conlleva. Para el transgresor, la acción transgresora con frecuencia significa un acto de ‘auto-trascendencia’, una manera de sobrepasar lo convencional y mundano asociado con las cansadas rutinas de la vida cotidiana y los discursos que condenan a vivir la vida dentro de una caja o un cerco donde no está permitido ver y mucho menos explorar, a nivel vivencial, aquello que está más allá de sus fronteras. A un nivel subjetivo la transgresión puede aparecer como estimulante y liberadora. Como ‘experiencia vivida’ la transgresión ofrece una serie de experiencias subjetivas y de dilemas éticos y existenciales, que puede hacerla altamente atractiva. El transgresor, de alguna manera, vive al filo de la navaja y esto le puede volver la vida estimulante.

Cuando se comete un acto transgresor, la persona que lo lleva a cabo confía (tal vez locamente) en que no será descubierta o en que su acto no tendrá consecuencias. Es como si confiara en la invisibilidad de la acción (o de sus efectos) y con ello, en la impunidad -o escape de la sanción que generalmente trae consigo la transgresión en caso de hacerse pública. Esto tal vez puede crearle al transgresor un cierto ‘sentido de superioridad’. En su imaginación la transgresión puede aparecer como un acto desafiante de los valores dominantes, que le llena de orgullo. En la transgresión hay algo que alcanza, que encanta, que seduce, magnetiza, toca y despierta nuestros aspectos oscuros o sombríos.

Generalmente, la transgresión rompe con el orden establecido, iniciando un movimiento de revisión y crecimiento que puede liberar a la persona de una identidad asumida y llevarla a explorar terrenos internos y externos que hasta entonces no ha podido o, no se ha atrevido a visitar. En cierto sentido, hay una cierta ética en este tipo de transgresión, aún y cuando algunas de sus consecuencias pueden ser terribles, pues pueden llevarla a confrontarse no sólo consigo misma sino con personas con las que se relaciona, quienes, dada las expectativas bajo las cuales la relación se basa, esperan que la persona se comporte de cierta manera. En esta situación, el transgresor rompe de manera deliberada o intencional o no-intencional, algunos de los convenios implícitos o explícitos acordados.  Aquí la persona es transgresora porque rompe con las reglas y se conduce de una manera no convencional o inusual. La transgresión es un acto de incumplimiento en relación a normas morales, institucionales o culturales. Para que el acto transgresor tenga el efecto de desarrollo, o crecimiento deseado, la persona necesita estar preparada para las consecuencias, pues por lo general su acto no solamente no será bien visto o recibido, sino que incluso podría ser considerado un acto violento, en lugar del acto que afirma la libertad personal y la capacidad de auto-determinación.

Ser transgresor implica asumir el riesgo de ser encontrado culpable de falta de cumplimiento, traición, arrogancia, imprudencia y/o negligencia por violar las reglas establecidas. También el transgresor puede ser encontrado culpable de violar las normas de la amabilidad, decoro o decencia, o de causar una interrupción de las costumbres convencionales y de la vida cotidiana. En algunos casos, la transgresión ofende y causa daño a otras personas, se tenga o no la intención. El daño que la ofensa ocasionó, daña o rompe relaciones.

La transgresión tiene el potencial de abrir panoramas internos y externos complejos. No obstante, cuando las relaciones se han dañado y hay un deseo e intención de repararlas o restaurarlas, es necesario pedir perdón. Pero el perdón en si mismo no reparará la relación. Lo que la reparará es una conversación (la conversación del perdón) a través de la cual los interlocutores puedan explorar y reconocer la naturaleza del deseo y ‘dislocarlo de su condición maldita’, la presencia de la transgresión y la necesidad [aparente o no] de la misma. Se trata de una conversación a través de la cual es posible que los interlocutores se ‘desnuden’ y muestren su humanidad compartida; una humanidad anhelante, falible, capaz de actos de amor y bondad insospechados, así como de pequeñas y grandes transgresiones que violan acuerdos establecidos. Aludiendo al poeta David Whyte, una conversación del perdón, cuando es real nos mostrará que no podemos, aunque queramos, mantener nuestra ‘identidad estática’ o, que para ofrecer y pedir perdón es necesario ‘dislocar la idea de eso que pensamos que somos nosotros’, para poder dar un paso hacia ‘el encuentro con el futuro’. Ante el perdón aceptamos el ‘problema’ de la irreversibilidad del pasado, pues el perdón no puede cambiarlo; lo que si puede cambiar es el futuro -que es decir optar por un presente que es diferente y brillante y, un presente-futuro no encadenado a los ecos de un acto transgresor.

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