Maya Devi, la Madre Olvidada del Buda

Gautama Buddha fue criado por su tía, su madre, murió
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Por: Akasavajri Martha E. Ríos López

A mi madre, a 5 años de su muerte. 

“No, verdaderamente, este príncipe de los Shakyas  no morirá en este desierto sin haber cumplido su propósito. No dejará los tres mundos en la miseria y sin un protector; no se irá sin haber alcanzado su meta.” – Lalitavistara Sūtra (Vol. II, cap. 17, p. 384)

Esas palabras angustiosas y desesperadas fueron pronunciadas por un grupo de Arahants (practicantes que han alcanzado el nirvana y que, en consecuencia, no volverán a nacer de nuevo), ante la aparentemente inminente muerte del Buda por inanición. El Bodhisattva había practicado austeridades extremas en búsqueda de la Iluminación Suprema y, habiéndosele pasado la mano, puso en peligro su preciosa vida humana. Es en estos momentos cruciales algunos devas (dioses del bosque), que también se encontraban alarmados ante el estado de salud de Siddhartha, fueron rápidamente al Reino del 33 (Trāyastrimša) a buscar a Māyādevī, su madre, para avisarle sobre su condición.

Pocas veces me había detenido a pensar sobre Māyādevī, simplemente me quedé con la historia de que había muerto 7 días después del nacimiento de Siddhartha. En la mayoría de los relatos sobre la vida del Buda que he leído, Māyā sólo aparece el tiempo suficiente para desposar a Šuddhodana, el rey de los Shakyas, y para dar a luz a Siddhartha parada y de manera natural, en un paraje forestal porque no alcanzó a llegar a casa de sus padres. Después de eso Māyā desaparece de la vida del Buda -al menos en las historias de mayor circulación.

Sólo que Māyā no desaparece de la narrativa de la vida del Buda después de morir durante el parto. Afortunadamente, la volvemos a encontrar en algunas otras historias. La primera de ellas la encontramos en el capítulo 17 del tomo II del Lalitavistara Sutra,  The Voice of the Buddha, para mi una de las biografías más hermosas que se han escrito sobre el Buda y que pertenece al período Mahayana. Dos historias más sobre Māyā aparecen en el Mahāmāyā Sutra, el cual se analiza en el Shijiapu (“El Linaje de los Shakyas), y que rescata la renombrada practicante budista Wendy Garling en su libro: Stars at Dawn, Forgotten Stories of Women in the Buddha’s Life (Shambala Publications, 2016). En la primera historia, el Buda viaja al 33 a ver a su madre antes de morir con el objetivo de agradecerle su vida y enseñarle el Dharma. La última historia tiene lugar post-mortem. Al escuchar que su hijo ha muerto, Māyā baja del 33 al lecho mortuorio de Siddhartha.

La historia del Lalitavistara Sutra me parece muy hermosa y de gran significado. Simplemente piensen que no hubiera habido Budismo si Siddhartha hubiese muerto de inanición durante ese período de su vida en  que llevó a cabo locas y rudas prácticas de austeridad. Cuenta la historia que al recibir la noticia del estado de salud de su hijo, Māyādevī dejó lo que estaba haciendo para acudir de inmediato a ver a su lado. Al verlo postrado, pálido, flaco y ojeroso y más muerto que vivo, soltó un llanto desconsolador a la vez que pronunciaba las siguientes palabras.

“Cuando naciste en la tierra de Lumbinī, oh hijo mío, como un león diste siete pasos adelante solo, y después de mirar en las cuatro direcciones, pronunciaste estas hermosas palabras. ‘Este es mi último nacimiento.’ Ahora estas palabras no se cumplirán.

Cuando Asita declaró: ‘El será un Buda en el Mundo,’ su profecía resultó falsa. No había visto lo inestable que es el destino…

  “… Oh hijo mío, sin obtener la Suprema Iluminación, te has sido a morir al bosque.

  “¡Qué gran aflicción es para mi! ¿A quién puedo recurrir ahora para pedir ayuda? ¿Quién regresará el aliento de la vida a mi hijo?” (pág. 385)

Cuando Siddhartha escuchó tan doloroso lamento, regresó un poco a si mismo para responder, sin todavía reconocer que era su madre quien se lamentaba

“¿Quién es esta mujer que llora amargamente, jalándose su hermosa cabellera y destruyendo su belleza?¿Quién está tan afligida, lamentándose tanto por su hijo? (pág. 385)

 Māyā respondió: “Durante diez meses te llevé como un diamante en mi vientre, oh hijo mío, la que se encuentra en tan miserable estado es tu madre.”

Al reconocer a su madre, Siddhartha habló para consolarla:

  “No temas, volverás a tener de nuevo a tu hijo. Te regresaré tu fecundo trabajo: la renuncia de un Buda es siempre productiva, cumpliré la predicción de Asita, así como volveré realidad la de Dhīpamkara… No hay motivo para que sientas ese gran dolor. No está lejos la hora en que verás la Iluminación de un Buda.” (pág. 386)

Siddhartha regresó del portal de la tierra de los muertos a la de los vivos, y apoyado por una joven que le alimentó, poco a poco fue recuperando la salud. La práctica de austeridades extremas casi le cuesta la vida, y supongo aprendió su lección pues a partir de entonces se dedicó a practicar el Camino Medio.  Si bien no hay manera de saber si la historia es cierta o no, es innegable el papel fundamental que Māyā juega, no sólo en ese episodio que nos presenta el Lalitavistara Sutra, sino en toda la tradición Budista. Ella desciende del 33 para asistir a su hijo en sus momentos más débiles como asceta; y lo incita a salir de un estado semi-inconsciente cercano a la muerte, para que se recupere y cumpla con la predicción de Dhīpamkara, un Buda del pasado, y con la del asceta Asita quien estuvo presente en la ceremonia de presentación de Siddhartha que tuvo lugar poco tiempo después de su nacimiento.

Encuentro refrescante encontrarme con esta información respecto a la madre del Buda. Estas historias nos relatan eventos claves de su vida: nacimiento y muerte. La madre presente para el nacimiento humano; presente para el renacimiento en el Camino Medio; y presente a la hora de dejar esta vida humana. El amor de Māyā por su hijo es evidente, fluye ininterrumpido desde su nacimiento hasta su muerte. Sin importar si esas historias son míticas o simbólicas (o sea no verdaderas o no históricas en el sentido estricto de la palabra), lo que nos comunican es que el Buda quiso, honró y reverenció a su madre a lo largo de su vida; y aún y cuando pocas veces es mencionada, su presencia es crucialmente sentida a lo largo de su vida.

Esto me hace pensar en el super famoso Metta Sutta, el discurso sobre el amor incondicional, ahí el Buda dice que este tipo de amor es como el amor de una madre hacia su único hijo. Se trata de un amor inconcebible que no conoce barreras. Si el Buda lo dijo, quizá sea porque sintió la presencia del amor de su madre a todo momento. Tal vez estaba delirando cuando casi muere; pero fue a su madre a quien invocó, con quien habló en su delirio, y quien lo trajo de regreso a que cumpliera su misión en este mundo. Fue su madre quien estuvo con él al final de su vida -no fueron ni Ananda ni Mahakasyapa como nos dice otra historia. Fue su madre quien le cubrió con un manto; y al sentir su suave y amoroso toque, el Buda abre los ojos, se sienta y le dice dulcemente

Te regresaré tu fecundo trabajo: la renuncia de un Buda es siempre productiva…

“Te pido que no llores, como todo lo demás éste evento también es Dharma…”

 Así que esta última sublime enseñanza sobre la dimensión de la muerte, entre el último suspiro y el primer paso en el Bardo de la Muerte, fue dirigida a su madre. Ese maravilloso y mágico encuentro entre Māyā y su envejecido hijo Siddhartha cierra la vida de Buda en esta tierra. Este amor perdurable y entrañable entre madre e hijo es un símbolo del amor incondicional y eterno en el Budismo.

Akasavajri Martha, entre otras cosas, practica la psicoterapia, trabaja con adolescentes en riesgo utilizando intervenciones basadas en Mindfulness, y es miembro ordenado de la Orden Budista Triratna.

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